Cataclismos y oportunidades

Cataclismos y oportunidades

Carmen Ilizarbe Politóloga de la Pontifica Universidad Católica del Perú.
Ideele Revista Nº 283

El 2018 será recordado como un año de cataclismos, un tiempo plagado de acontecimientos temidos, soñados y también inimaginables que alteraron con fuerza el status quo político en el que parecíamos anclados hasta entonces. La fuerza de lo extraordinario irrumpió en la política peruana para llevarnos a lo que parecía ser el borde de un abismo en el que –increíblemente- no solo no caímos, sino frente al cual atisbamos ahora oportunidades interesantes.

El país sobrevivió a los embates del fujimorismo que transformó al gobierno de nuestro país en un mounstro bicéfalo, alterando en la práctica lo que institucionalmente fue concebido como un sistema presidencialista. La oposición social del antifujimorismo que había sido fundamental para impedir su llegada a la presidencia en el 2016, fue clave a fines del 2017 y en el 2018 para impedir la legitimación de una organización mafiosa que buscaba reconcentrar el poder desde el Congreso. La política de la calle estuvo a la orden del día, en claro contraste con la visible incapacidad de las y los representantes de izquierda para generar oposición política articulada en el Congreso.

También sobrevivimos a la mediocridad oportunista del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, el último de los presidentes que elegimos como “mal menor” en procesos electorales cada vez más opacos, inequitativos y sesgados por el dinero mal habido. La ciudadanía que lo eligió a regañadientes para impedir el gobierno de Keiko Fujimori apoyó su gobierno frente al obstruccionismo autoritario del apro-fujimorismo en sucesivos momentos, incluyendo un proceso de vacancia a fines del 2017, pero solo hasta el momento en que Kuczynski indultó a Alberto Fujimori rompiendo no sólo una promesa electoral explícita sino también un mandato sancionado en la Constitución: no hay indulto en casos de violaciones de derechos humanos. Los esfuerzos del gobierno de ese entonces por normalizar la traición fueron rebasados por la indignación y furia ciudadana que, una vez más, se expresó masiva y sostenidamente en las calles.

Incluso sobrevivimos a un cambio de mando incierto que llevó al poder a Martín Vizcarra, el presidente no electo, sin bancada y sin partido, que viene liderando la resistencia a las mafias y corruptelas que han poblado el campo de la política formal y el Estado en estas últimas décadas. El presidente empezó su gobierno en la precariedad absoluta, pero encontró la forma de frenar al Congreso apelando directamente a la ciudadanía para restablecer su capacidad de acción. Astutamente llevó la confrontación al terreno de la política electoral - un campo en el que es relativamente sencillo generar antagonismos que alteren la hegemonía predominante - con un referéndum que si bien no proponía cambios sustanciales en el sistema de representación política o en el de administración de justicia, sí articulaba mecanismos que permitían cristalizar un claro jaque al Congreso y articular a la ciudadanía detrás del presidente Vizcarra. La política electoral adquirió entonces así un carácter plebiscitario que ha restituido temporalmente iniciativa y cierto margen de acción al gobierno del Ejecutivo.

Qué tipo de sistema político hemos construido en estos 18 años? ¿Cómo podemos transformarlo, y en qué dirección? ¿Será posible ir más allá de la política electoral y el combate a las mafias? No hay respuestas sencillas, pero sí oportunidades que hace un año nadie hubiera podido vislumbrar.

Y como si todo esto no fuera suficiente, el acucioso trabajo de las y los periodistas de Justicia Viva del Instituto de Defensa Legal – profesionales honestos, hábiles y comprometidos con la justicia en el país liderados por Gustavo Gorriti – así como los heroicos esfuerzos de los jueces Richard Concepción Carhuancho y roque Huamancóndor, y los fiscales Rocío Sánchez, Rafael Vela y José Domingo Pérez permitió que hoy estén en el banquillo de los acusados e incluso en prisión preventiva líderes y lideresas de nuestra pervertida clase política que hasta solo unos meses atrás parecían intocables. Más aun, su admirable trabajo desde la prensa y el propio Poder Judicial han motivado un inédito interés por las audiencias públicas y los procedimientos judiciales y han esparcido la sensación de que es posible recuperar el país de las mafias que lo quieren gobernar.

No solo no caímos sino que ahora atisbamos algunas oportunidades interesantes. Y no se trata de ser triunfalistas o desconocer la fuerza inercial de dinámicas que sostienen por años las estructuras de corrupción que hoy se dibujan en nuestro escenario político. Ciertamente, nada de lo señalado en este recuento altera sustantivamente el hecho de que no tenemos hace años un sistema de representación ni instituciones que funcionen democráticamente, ni permitirá recomponer mágicamente los altísimos niveles de desintegración social, violencia y hasta atomismo que padecemos, ni detendrá o alterará el curso de las políticas neoliberales que siguen impulsando sin sobresalto el recorte persistente de derechos ciudadanos para incrementar las ganancias de élites socio-económicas que siguen siendo intocables. Nada fundamental se ha alterado aun.

Y sin embargo, las posibilidades están a la vista si somos capaces de reconocer que necesitamos re-estructurar por completo el espacio de la política en el Perú. La raquítica democracia electoral que construimos en los últimos 18 años llegó a su punto crítico y nos obliga a pensar y actuar sostenidamente para asegurarnos de desterrar a la corrupta élite política que ha gobernado hasta hoy, pero sobre todo a generar alternativas y proyectos de gobierno, y no solo de resistencia y defensa para la sobrevivencia. ¿Qué tipo de sistema político hemos construido en estos 18 años? ¿Cómo podemos transformarlo, y en qué dirección? ¿Será posible ir más allá de la política electoral y el combate a las mafias? No hay respuestas sencillas, pero sí oportunidades que hace un año nadie hubiera podido vislumbrar.

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