Mali: Un nuevo foco de guerra

Mali: Un nuevo foco de guerra

Ideele Revista Nº 227

Francia ha declarado una guerra sin cuartel a los grupos terroristas yihadistas en el norte de Mali, pero la operación militar que está llevando a cabo en ese país tiene un futuro incierto (Foto: Phantomreport).

La decisión francesa de intervenir en Mali para frenar los avances en el territorio de grupos afines a Al-Qaeda es una demostración de cómo los grupos fundamentalistas islámicos buscan ganar el control del mundo árabe, mientras los aliados occidentales intervienen directamente para neutralizar este nuevo intento.

Mali es una nación con aproximadamente 14,5 millones de habitantes ubicada en África Occidental; fue colonia francesa hasta el año 1960, cuando consiguió su independencia. La religión mayoritaria es allí el Islam, y el 90% de su población es musulmana. En los últimos 20 años ha celebrado regularmente elecciones democráticas mucho más limpias que en la gran mayoría de países que predican esta religión. Económicamente es uno de los países más pobres del mundo, aunque en los últimos años su PBI ha crecido constantemente. Debemos recordar que Mali, y especialmente su vecino, Níger, son territorios que poseen reservas de uranio y oro, lo que les da un valor estratégico para las naciones occidentales.

Desde su época colonial Mali siempre tuvo problemas étnicos entre los árabes que habitan en el norte árido y una mayoritaria población negra localizada en el sur subtropical. El norte del país, conocido también como “la región de Azawad”, es muy pobre, y durante mucho tiempo esta condición ha causado una serie de rebeliones propiciadas principalmente por los Tuaregs. Éstos pertenecen a una etnia arábiga habitante del Sáhara, que posee un estilo de vida nómada y pastoral, y se encuentra ubicada en los territorios de Níger y Mali. Sus sucesivas insurrecciones contra los diferentes gobiernos han tenido como propósito conseguir una mayor autonomía y el mejoramiento de las malas condiciones de vida de su población.

El conflicto en Mali, que se inició el año pasado, tuvo como punto de partida una de estas movilizaciones armadas. Los Tuaregs separatistas fundaron el Movimiento Nacional por la Liberación de Azawad (MNLA) como un grupo secular y nacionalista, y a inicios del año pasado comenzaron su levantamiento. El objetivo del MNLA era liberar las tres regiones del norte del país del control del gobierno y obtener su independencia. Ansar Dine, grupo islamista que tiene vínculos con Al-Qaeda, se unió a la rebelión. El conflicto provocó la intervención de la Fuerza Armada en la vida política, lo que obligó al presidente Amadou Toumani Touré a renunciar en marzo del 2012 con el argumento de que no había armado adecuadamente al Ejército y no le daba el apoyo necesario para vencer a la insurrección. Los militares se instalaron en el gobierno, pero la presión internacional, que incluyó amenazas de sanciones económicas, los obligó a ceder el poder en menos de un mes a Dioncounda Traoré, presidente de la Asamblea Nacional.

Este conflicto acabó con un control por parte de los grupos radicales fundamentalistas de un territorio muy importante en el norte de Mali, lo que provocó que Francia interviniera activamente con la excusa de que había que frenar a Ansar Dine para evitar que tome el control de todo el país.

¿Cómo un país envuelto en un conflicto étnico interno se tornó en un centro de lucha entre el fundamentalismo de grupos afines a Al-Qaeda y Occidente? La explicación está en la creciente influencia de estos movimientos radicales en los pueblos mayoritariamente musulmanes, sobre todo en las regiones más pobres. En el norte maliense se cumplen ambas condiciones; recordemos que Azawad es un territorio árido y pobre que presenta numerosas zonas inhabitables, por lo que ha sido más fácil para el islamismo calar allí.

Ansar Dine fue fundado en el norte de Mali por Iyad Ag Ghaly (conocido también como el Estratega), un antiguo líder Tuareg que había luchado en la década de 1990 en una de las tantas rebeliones de esta etnia. En 2012 fundó este grupo radical y se alió con los sectores de Al-Qaeda y otros islamistas presentes en la zona. La fuerza principal de la rebelión, el MNLA, no dudó en aceptar luchar con ellos contra el gobierno, a pesar de las tensiones entre seculares e islámicos, y procuró encontrar acuerdos permanentes. Así, juntos, para abril del 2012 ya controlaban casi todo el norte del país.

¿Cómo un país envuelto en un conflicto étnico interno se tornó en un centro de lucha entre el fundamentalismo de grupos afines a Al-Qaeda y Occidente? La explicación está en la creciente influencia de estos movimientos radicales en los pueblos mayoritariamente musulmanes, sobre todo en las regiones más pobres. 

Siguiendo el objetivo de su rebelión, el MNLA hizo una declaración unilateral de independencia (6 de abril), pero los extremistas de Ansar Dine no aceptaron mantener la alianza, pues su aspiración era apoderarse de todo Mali y convertirlo en una nación islámica. Para neutralizar la decisión del MNLA, aprovecharon que las etnias negras de las ciudades de Azawad, principalmente Gao, se oponían firmemente a la partición de Mali. De esta manera, juntos expulsaron al MNLA de las principales ciudades.

Los franceses entraron a mediados de enero, cuando el sur de Mali empezó a ser atacado por los islamistas. Para ello contaron con el apoyo del Gobierno Central de Mali y del MNLA. Esta reacción de la nación europea demuestra la preocupación de Occidente ante el crecimiento de la influencia de Al-Qaeda, que aprovecha las contradicciones internas de los países de mayoría musulmana.

No obstante, debemos recordar que Occidente suele preocuparse más por las naciones que poseen recursos, y no sabemos cuánto hubieran tardado en intervenir si Mali fuera simplemente un desierto. La pregunta es si Francia, quizá sintiéndose responsable de los conflictos por ser la antigua metrópoli del país africano, hubiera tenido la misma decisión si esta guerra fuera otra Somalia, nación donde, en 2011, solo después de 5 años de conflicto contra el islamismo (y más de 10 años de guerra civil) a Estados Unidos se le ocurrió intervenir más directamente en apoyo de un gobierno muy débil.

Aunque por el momento los fundamentalistas de Mali han sido derrotados y el grado de intervención no es comparable al de Iraq y Afganistán (Francia solo desplegó 4.000 efectivos), el conflicto no deja dudas sobre el papel de Occidente: siempre se hace presente en las naciones más estratégicas y con mayores recursos, o evita ampliar la confrontación cuando las condiciones rebasan sus expectativas. Su defensa de la democracia y de la libertad va en segundo lugar.

Ocurrió así durante la llamada “primavera árabe”, cuando intervino o condenó especialmente a los países no aliados, como Libia o Siria. Este último caso es el más interesante, ya que en las protestas que desembocaron en la caída de los dictadores árabes participaron no solo jóvenes demócratas sino también amplios sectores islamistas, especialmente fuertes en Siria. Frente a esta situación, Estados Unidos y sus aliados titubean, por más que Bashar Al-Assad sea un dictador y aliado de Irán (uno de los principales enemigos de Occidente), limitándose a entregar armas y a un apoyo meramente simbólico. Es que hay temor de que una participación más activa en Siria, país multiétnico y secular, culmine con este convertido en un emirato islámico con minorías perseguidas.

Volviendo a Mali, la visita del presidente francés Hollande a Tombuctú a inicios de mes tiene el mensaje de que Occidente apoyará a los países que son amenazados por el radicalismo musulmán. Éste se ha replegado hacia las montañas, pero nada hace suponer que la guerra civil haya concluido. Hasta el momento han muerto aproximadamente 2 mil personas, pero 400 mil han sido desplazadas de sus lugares de origen. Lo más positivo es que el Presidente francés ha hecho una invocación para que las partes encontradas en el conflicto (el MNLA y el gobierno) se reconcilien. Por más difícil que esto sea, debido a los problemas étnicos, esperemos que así suceda.

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